Los seres humanos nos educamos de acuerdo a dos procesos
fundamentales y complementarios: uno de orden social y otro de orden
individual. El transcurrir de ambos procesos transita entre lo que aprende en
teoría y lo que aplica a través de su experiencia en una contrastación de esos
saberes particulares con los contextuales.
A pesar de ello, se piensa sin embargo, que cualquier
profesional “exitoso” o no, reúne las cualidades para ejercer la docencia en el
nivel superior; advirtiendo una formación docente dominada por la tendencia de
enseñar a manejar contenidos pero no a elaborarlos, debatirlos ni
transformarlos; más aún con un trato hacia el estudiantes para nada pedagógico
y sin responsabilidad didáctica.
Por otro lado, como bien señala Villaroel solemos
encontrar en la universidad una clara y precisa diferenciación de roles: “Unos están allí para producir el
conocimiento, es decir, son
investigadores. Otros transfieren esos conocimientos a la comunidad
extrauniversitaria, traducidos en servicios y aplicaciones, son los extensionistas; y hay otro grupo que
debe transmitir esos conocimientos, son los docentes. (...) Nótese que los encargados de transmitir el
conocimiento no son los creadores del mismo, ni tampoco - dentro del esquema
tradicional - se preocupan por apropiarse debidamente de ese conocimiento”.
La docencia es más que hablarles a jóvenes, dentro de
un aula; jóvenes con expectativas y deseos
incontrolados de convertirse rápidamente en profesionales; y, dentro de este acontecimiento
el ser docente o catedrático – como algunos nos llaman – se devela la imperiosa
a necesidad de alimentarnos de pedagogía, didáctica y metodologías propias y
compatibles con nuestra realidad profesional que conlleven a elevar el proceso
de enseñanza – aprendizaje de la arquitectura, motivando al estudiante a comprender
cada vez más el oficio por el cual se han inclinado.
Como dice Montero (1) “… la profesión de la enseñanza
no tiene un cuerpo codificado de conocimientos y habilidades compartidos,
una cultura compartida. La ausencia de este cuerpo de conocimientos compartidos
-una de las marcas de las profesiones- cuestiona la pertinencia de utilizar el
término profesión para la enseñanza. La consideración de la experiencia
práctica como la fuente más importante de adquisición de conocimientos y
habilidades -situación que configura un saber vulgar técnico, o artesanal pero
nunca un saber científico, base del saber profesional ha conducido durante
mucho tiempo a la irreverencia de la formación para la comunidad académica y los propios profesores”.
Según Adriana Careaga, en su escrito “EL DESAFIO DE
SER DOCENTE” (2), considera que para un ser un buen docente se destaca lo
siguiente:
- Saber su materia
- Preparar bien las clases
- Explicar con claridad y orden
- Escribir en el pizarrón con claridad y buena letra- Ser capaz de realizar un trabajo en equipo
- Poseer clara sensibilización por su entorno social y cultural
- Ser capaz de ponerse en el lugar del alumno
- Resultar asequible a los estudiantes
- Ser algo histriónico
- Hacer participar a los estudiantes
- Llegar a clase puntualmente
- Ser respetuoso
- Presentarse en forma correcta
Así mismo, los desafíos actuales de la sociedad,
demandan del docente la demostración de una competencia profesional real,
basada en un sólido dominio científico y la capacidad de ejercerla. Como
consecuencia de ello, se vislumbraría una ruptura del paradigma de la repetición y transmisión de
conocimientos por otro basado en las competencias que se construyen y
transforman a partir del mercado de trabajo.
El estudiante si bien no es adolescente se encuentra
en un proceso de transición de la etapa de juventud a la adultez temprana – con
las anomalías de cada caso – debe ser previsible y fundamental que todo
profesional que pretenda transmitir su conocimiento en aulas de educación
superior, por más brillante que fuere, cuente con herramientas pedagógicas que
le permitan llegar a los estudiantes para fortalecer sus conocimientos previos
y motivar sus capacidades e inteligencias, brindándole una formación integra,
apoyándole en las diferentes etapas de su desarrollo cognoscitivo.
Sin embargo, debo testimoniar que mi formación
profesional estuvo bastante influenciada por el paradigma de la repetición y
transmisión de conocimientos; el 90% de profesionales que cumplían el rol
docente en la Facultad que estudie, no contaban con las estrategias
metodológicas o el razonamiento intuitivo – pedagógico (psicología educativa),
sino más bien se enarbolaban repitiendo
modelos anacrónicos que más que enseñar, alimentan hasta hoy su egocentrismo;
siendo más personajes que personas. Y, aunque considero que al inicio de su incursión
docente no podrían hacerlos totalmente responsables - ya que esos modelos eran
todo lo que conocían - el hecho de que en pleno siglo XXI continúen con el
mismo patrón de enseñanza, si es algo cuestionable.
Esta paradójica situación de haber pasado por una
formación profesional con cuasi docentes ha impulsado – no sé porque razón –
que muchos de los egresados - arquitectos hoy en día - estemos enseñando en las
facultades de Arquitectura de la Región Piura y de otras partes del Perú como
Lima, Huánuco, Trujillo, Chiclayo, etc. Y, que el 95% estemos preocupados por
enseñar con pedagogía, didáctica y
responsabilidad; cabria interrogarse como es que nace esta vocación de ser
docentes en el contexto antes descrito?; una especulación es que el 10% de
arquitectos con vocación y conciencia pedagógicos de la Facultad donde
estudiamos hayan influenciado en nosotros, puesto que eran con los que podíamos
conversar, reunirnos, hablar, preguntar, compartir, etc. ; y fueron quienes nos
iniciaron en las ayudantías de cátedra
en los últimos años de la carrera, explicándonos como motivar el estudio por la
arquitectura en los nuevos estudiantes.
Actualmente - pensando siempre en no repetir los
patrones que tantos vacíos y sinsabores nos dejaron en el consiente e
inconsciente - la nueva generación
de arquitectos-docentes estamos llanos a
buscar las respuesta que nuestros
formadores de pregrado jamás contestaron en las aulas, con la finalidad de
mejorar la formación profesional que ofrecemos; hay una expectativa
real por vocación para aceptar nuestros errores y mutar los comportamientos en
pro de elevar su calidad pedagógica, la cual seguramente desembocará en la
investigación científica y el perfeccionamiento profesional, consciente de lo
que representa para la comunidad educativa y la sociedad a la que
pertenecemos. Como iniciativa de ello es
que cinco de los diez docentes de Piura, estamos cursando la Maestría en Didáctica de la Educación Superior en la Escuela de Post Grado de la UPAO; y un docente mas está estudiando Doctorado en Educación también en esta casa superior de estudios. Se espera que el próximo ciclo este número aumente por vocación, mas que por una disposición rectoral.
Debo manifestar también que al cursar, la asignatura de Psicología Educativa, comprendo mejor la razón por la cual suceden ciertos
comportamientos en aula; y, aunque empíricamente se ha tratado de resolver como
llegar a los estudiantes en el proceso de enseñanza aprendizaje de la Arquitectura;
salta a la vista la importancia fundamental de tener formación teórica en este tema, porque es el conocimiento básico que nos permite entender y comprender ambas situaciones desde
la perspectiva docente y del alumno.
Los vertiginosos cambios que observamos en la
sociedad nos llevan a sostener que la formación profesional en la universidad
debe apuntar menos al desarrollo de la racionalidad técnica y mucho más a
generar en los estudiantes capacidades de situarse frente a los efectos de la
globalización, a los escenarios y reglas de juego cambiantes, la incertidumbre,
los conflictos éticos y otros tantos fenómenos concomitantes. Esa capacidad
situacional conlleva el desarrollo de habilidades específicas muy diferentes a
las que tradicionalmente se intentan enseñar en las universidades.
Por ello hay una pre-disposición natural del docente de arquitectura de UPAO –
Campus Piura por aprender, mejorar, construir, mutar evolucionar y desarrollar
todo lo que se necesita en el campo de la didáctica para aplicarlo a la
Arquitectura; que por su naturaleza – ya compleja – necesita investigación y
apoyo permanente de la psicología educativa, y así explorar y descubrir los
procesos psicológicos que se dan en el ámbito educacional.
Bajo lo antes expuesto cabría preguntarse entonces si
es responsable y ético que cualquier profesional incursione en la docencia
universitaria sin prever que se necesita conocer a la psicología educativa?
¿Eso no sería estafar al sistema de educación superior? ¿Se educa? o ¿Se transmite
conocimiento?.
(1)
Montero,
L. (2001). La construcción del conocimiento profesional docente. Rosario: Homo
Sapiens Ediciones.
(2) EL
DESAFIO DE SER DOCENTE, Prof. Adj. Lic. Adriana Careaga - Otoño, 2007;
DEPARTAMENTO DE EDUCACIÓN MÉDICA. Facultad de Medicina. Universidad de la
República.

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